Editoriales


Por: Laura Calle Rodriguez.

 

Estamos caminando en el medio de una lluvia que no nos termina de mojar, pero sí nos salpica de una forma extraña. Sabemos que está ahí, al acecho, y que en cualquier momento vamos a necesitar refugiarnos, pero por una alguna extraña razón continuamos deambulando por las calles como si nunca fuera a alcanzarnos.

El mundo vive una tremenda crisis social y económica que nos obligó a investigar palabras que no teníamos incorporadas a nuestro vocabulario como “pandemia”. Si algo faltaba para llegar al fondo era este golpe de revés, impensado, inesperado que nos obligó a cambiar hábitos y a quedarnos en casa. Corrimos tanto siempre por la vida que necesitábamos estar adentro descansando ¿Pero así?

Son infinitos los mensajes que recibimos en los que intentan convencernos de que para algo sirve esto que pasa. “Veníamos haciendo todo mal y necesitábamos parar”. ¿Pero a costa de qué? ¿De que nuestras empresas, esas que de alguna manera hacen funcionar el país deban cerrar, endeudarse e incluso quebrar? ¿De que nuestros abuelos sientan con tristeza que se los menciona como ¨personas de riesgo¨ y cada comentario les clave un puñal por sentirse inútiles, por hacerles recordar su número de DNI?

Nos quieren meter en la cabeza que nuestro país es diferente, que se movió de manera rápida y por eso somos un ejemplo mundial; que los argentinos somos solidarios y siempre que necesitemos ayuda, todos juntos podemos hacerlo. ¿Somos realmente una unidad? Cuando todo esto pase, porque como todo va a suceder, si llegamos a quedar vivos posiblemente tengamos la suerte de haber aprendido una lección. Dicen que en estos momentos es cuando uno se analiza, puede meterse en su interior y lograr esa ansiada introspección para modificar lo que fuimos, lo que ya no queremos ser nunca más. Pero de golpe nuestras acciones disparan una luz de alerta, algo no está bien y nos molesta. “Yo te cuido y por eso me quedo en casa”. Me pregunto cuántos de nosotros realmente cuida al otro. La vida en cautiverio nos quitó las ganas de ver televisión, de leer un libro, de conversar con nuestra familia. Cada día estamos más pendientes de nuestros vecinos. Pasamos de aplaudir a los médicos por su heroica tarea, a ponerles carteles en los ascensores de los edificios para que se vayan de ahí por miedo a contagiarnos ¿De verdad somos solidarios? ¿De verdad nos importa la vida del otro o sólo pensamos en nosotros? Inesperadamente los aprendices de Torquemada nos llevan a la inquisición y salen por todas partes como locos a gritarles a los vecinos que están por la calle sin saber cuál es el motivo que los llevó a salir. Señalamos con el dedo a los que pensamos que vinieron de viaje y por eso seguramente estén contagiados. Ahora… ¿nos importa que se cuiden, que se salven o simplemente reemplazamos el televisor y nuestra serie preferida pasó a ser lo que pasa por el balcón o la ventana de nuestra casa?

Evidentemente no cambiamos. La muerte y el miedo nos obliga a usar barbijo y cambiar nuestra manera de vivir, pero terminemos con la mentira de cuidar al otro. Sólo nos importa cuidarnos a nosotros mismos, salvarnos a costa de todo. Probablemente este virus nos deje una lección después de todo. Seguramente no seamos más solidarios que antes, pero al menos dejemos de ser hipócritas y no digamos que nos importa el otro. El único otro que nos importa es nuestro núcleo cercano. A lo mejor después de todo esto tengamos la lección más importante que nos puede dejar la vida cuando llegamos a un límite.  Ojalá que aunque sea podamos vivir nuestra vida sin hipocresías; con la gente que queremos estar, con los sueños que nos faltan por cumplir, sin dejar de resignar nuestra felicidad. Si eso nos queda de enseñanza, a lo mejor el virus haya salvado a más gente de la que se llevó. No nos olvidemos que el límite es este y ya sabemos de qué lado está el abismo.

EL LIMITE DE NUESTRAS MISERIAS