SOCIEDAD 01-05-2020

BAJEMOS EL VOLUMEN DEL RUIDOSO COVID-19

NO SABEMOS CUÁNDO NI CÓMO TERMINARÁ TODO ESTO

De repente nuestra vida cambió. De un día para otro, todo se volvió incertidumbre, especulación, encierro. Nos enfrentamos de golpe a nuestra propia vulnerabilidad. No encontramos las razones, desconocemos las consecuencias y buscamos desesperadamente al culpable. Es decir, nos convertimos -de un momento a otro- en caldo de cultivo ideal para las fake news.

El tiempo que antes utilizábamos en nuestra vida normal: ir a trabajar, llevar a los chicos al colegio, practicar algún deporte, participar de alguna ONG, mantener nuestro estilo de vida, hoy lo debemos pasar en casa.

 

Hoy debemos aprender a trabajar remoto, a no dar más abrazos, ni interactuar con las personas cara a cara. Debemos saber que un enemigo invisible -cuyo comportamiento no comprendemos- está ahí afuera, esperando por nosotros para multiplicarse.

Así, los aparatos que tenemos en nuestros hogares se convierten en extensiones de nuestro propio cuerpo: no podemos despegarnos del teléfono, la computadora, el televisor. Necesitamos saber. Qué novedades hay, se encontró alguna solución, hay cuidados adicionales que debemos tener, nos estarán diciendo toda la verdad, y un sinfín de cuestionamientos adicionales cuyas respuestas no se hacen esperar, aunque siempre de la peor manera: las fake news. Se trata de noticias aparentemente periodísticas u oficiales, cuyo contenido es falso y están motivadas por la intencionalidad del engaño.

 

Abrir el WhatsApp cada mañana nos plantea un doble desafío: por un lado, identificar cuáles noticias son reales y, por el otro, no dejarnos llevar por la inquietud y la angustia de las que no lo son. Parece una tarea titánica, sobre todo cuando nos encontramos con mensajes que pretenden protegernos, de personas que nos quieren, pero reproducen cosas tales como “para evitar el contagio debés: tomar sol cinco minutos por día; ingerir mucho líquido, pero caliente; hacer gárgaras con vinagre, sal, limón y agua tibia”. La tecnología actual -más el excedente de tiempo disponible por no poder salir de casa- nos pone por demás creativos y solidarios. Así, tenemos abarrotado el teléfono de audios, videos, informes, flyers que nos advierten la gravedad de la situación y nos aconsejan -en nombre de la ciencia- desde la necesidad de no usar maquillaje hasta la última receta para fabricar alcohol en gel. Nos cuentan sobre el plan maquiavélico de cuatro o seis superpoderosos para diezmar a la humanidad, para comprar las acciones que se destruyeron en una economía globalizada y volverse así más poderosos, para vendernos vacunas que no necesitamos y otro montón de acciones propias de una película de terror de bajo presupuesto. Consumimos eso. No podemos evitarlo. ¿Y si fuera cierto? ¿Y si en realidad es momento de dejar cierto escepticismo de lado para empezar a creer lo que nos llega por diversos medios? Ante la duda, el instinto nos hace compartir en nuestras redes o reenviar a nuestros contactos una cantidad enorme de información basura. De pronto, somos funcionales a la generación de un estado de incertidumbre cada vez más dañino para nuestra salud mental. 

 

El problema es la sobreoferta de información. Ya no sabemos si el virus dura diez minutos en una superficie o 48 horas. Si al volver de hacer las compras debemos quemar la ropa utilizada o simplemente lavarnos las manos. Si podemos abrazar a nuestros hijos que están encerrados junto a nosotros o los estamos poniendo en riesgo. No sabemos cuándo ni cómo terminará todo esto. Ante tanta confusión, es necesario no perder el eje y recurrir solo a fuentes oficiales. 

 

De lo contrario suceden cosas como el desabastecimiento en los supermercados, la desesperada búsqueda de alcohol en gel por el que se termina pagando fortunas o la imposibilidad de que quienes de verdad lo necesitan no encuentren barbijos porque alguien decidió llevarse todo el stock y no pensar en el otro.

 

Aunque se trate de personas que respetamos, chequeemos cuando nos envían una supuesta convocatoria a profesionales de la salud por parte del Gobierno de la Ciudad a través de WhatsApp. Esa convocatoria no aparece en la propia página del gobierno porteño. Necesitamos tomar real dimensión del daño que podemos causar. No somos todos bomberos cuando hay un incendio que no se logra apagar, del mismo modo que no somos médicos o especialistas en este tema para enviar consejos que llegan de terceros para sembrar aún más caos.

 

Estamos enfrentando esta pandemia que viene llevándose numerosas vidas en el mundo y no sabemos en qué creer. Por eso, es el momento de volver a las fuentes; es cuando no debemos desesperar, pero sí ocuparnos del tema y recurrir a sitios como la Organización Mundial de la Salud, el Ministerio de Salud o la página oficial de Presidencia de la Nación. Debemos depositar nuestra confianza en las instituciones que son las responsables de tomar las medidas que nos cuidan a todos.

 

Esta es la vida. Esta es la realidad que nos toca y seríamos demasiado imprudentes si opináramos con liviandad. Este no es un partido de fútbol en el cual somos todos directores técnicos y podemos opinar. Para salir lo menos perjudicados posible necesitamos tomar verdadera conciencia y dejar de reenviar datos que no proceden de fuentes oficiales. No es momento de estar ávidos por una primicia y no chequear lo que enviamos. Si no nos unimos como sociedad ahora, tal vez perdamos la oportunidad de poder salir adelante juntos.

 

Más responsabilidad y menos envío de información no chequeada. Hasta ahora sabemos que si nos quedamos en nuestras casas, nos higienizamos y nos exponemos lo menos posible, podremos lograr algo inédito para nuestra generación: estar unidos alguna vez. Juntos lo podemos conseguir. Solo hay que informarse por fuentes oficiales y aunque nos lo diga nuestro amigo más brillante, no caigamos en la tentación de replicar mensajes que solo sirven para tirar nafta a un fuego que está en pleno proceso de expansión.

Por Carina Onorato Bulat y Laura Calle Rodríguez