Sociedad 25-04-2020

La muerte no siempre llega cuando se deja de respirar. A veces, la entidad mantiene el corazón latiendo, pero el cerebro no funciona ya.

BLANQUEO EDUCATIVO

EDUCACIÓN EN CRISIS TERMINAL

 

Hace años que la Educación está en crisis terminal. Llevo más de dos décadas en el aula constatando esa agonía desde la primera fila. No estoy diciendo nada nuevo. Guillermo Jaim Etcheverry lo expuso muy bien en su libro La Tragedia Educativa. Pero era una verdad incómoda. No sólo para los que diseñan los planes de educación. También para los padres de los estudiantes.

Dijo Jaim Etcheverry, allá por 1999, que a los papás, en su enorme mayoría, les interesa más que sus hijos vayan al colegio "para que no estén vagueando en la calle" que para que incorporen contenidos y aprendan a pensar. El colegio, por tanto, se convierte en una guardería para niños y adolescentes en la que los padres los pueden dejar mientras ellos se dedican a trabajar, a hacer cursos de postgrado o a pasar el tiempo tranquilos, sin los chicos.

 

El mundo atraviesa una pandemia que nos obliga a vivir en cuarentena. Y la cuarentena expone una verdad que muchos docentes sabemos desde hace mucho tiempo...

De Talía a Sandra Borghi. De amas de casa a ejecutivas. De papás a mamás. Hoy escucho, leo, veo videos en los que queda muy bien explicado, con ejemplos personalizados, lo que Jaim Etcheverry dijo hace más de veinte años: no importa que aprendan, importa que no incomoden.

 

"Yo no quiero ser maestra", protesta una periodista en televisión argentina. También otra colega dice: "Ya está, estamos en cuarentena... ¿Qué problema hay si por tres o cuatro meses no hacen nada? Todo bien con las maestras, pero yo no tengo ganas de sentarme todos los días con los chicos a hacer la tarea".

 

El Ministro de Educación argentino hizo un llamamiento a que los docentes no envíen mucha tarea a los alumnos a través de plataformas digitales. Las quejas de los padres, evidentemente, se hicieron escuchar.

 

A este blanqueo (ahora están en casa a la fuerza, no molesten con tarea), se le suma otra realidad. Docentes que se especializan en pasar horas cátedra haciendo nada en las aulas se ven obligados a demostrar que trabajan... ¡Los empleadores monitorean la actividad digital! Entonces se preocupan porque "quede constancia", y envían tareas que jamás en su vida pedían cuando estaban sólos con los alumnos en las aulas. Triste realidad.

 

El mundo, cuando termine la cuarentena, no va a volver a ser lo que era. Las carreras universitarias, que estaban agonizando en un planeta que estaba cambiando, van a estar muertas. El planeta ya cambió.

En educación, la formación autodidacta es lo que asoma en el horizonte del nuevo orden mundial. Van a ser necesarios mentores, guías, Maestros, a los que consultaremos por afinidades electivas, no por obligación burócrata y administrativa. La educación formal ya no será vista con el mismo respeto nominal. Porque la humanidad está comprobando que lo importante no es cumplir con currículas anacrónicas. Lo que importa es pensar, cuestionar, criticar, sobrevivir.

Lo que importa, el Maestro Covid19 nos explicó con crueldad que lo que importa, es otra cosa.

 

En nivel universitario el blanqueo es otro. El claustro, en innumerables casos, está integrado por docentes que, por razones de edad o de inconsciencia e irresponsabilidad profesional, se llevan muy mal con la tecnología. Los estudiantes, en tanto, están corriendo esa carrera digital desde que nacieron. Llevan muchos cuerpos de ventaja. ¿Entonces?¡Entonces la soberbia académica aprende lo evidente! La educación es un proceso, por lo tanto la interacción de los elementos es transversal. Aprende el alumno y aprende el docente. Lo contrario, una relación vertical, en las aulas no es educación: es adoctrinamiento, y es dictatorial.

"De las academias, ¡líbranos, Señor!", grita Rubén Darío en su Letanía a Don Quijote de la Mancha. Y yo, universitaria al frente de las aulas, que padecí profesores totalitarios y atrasados, pienso lo mismo que el poeta y periodista nacido en Nicaragua.

Por Flavia Vecellio Reale